El tiempo nos aguarda

Letras, letras y otras ocurrencias

Una Rosa

Un hombre despierta después de una larga pesadilla, se encuentra todavía entre el mundo de los sueños y el mundo real; empieza a intentar recordar que fue lo que lo despertó tan agitadamente pero no logra rememorar lo que sucedió en su subconciente… solo una idea se encuentra prendida en su cabeza: me reuniré pronto con Eunice.

Se levanta del viejo y derruido sofá  se dirige hacia su baño y se mira en el despostillado y opacado espejo, el reflejo le ofrece una lastimera visión de lo que es su persona, lo único que el nota es que en el reflejo no se encuentra una sonrisa; empieza a prepararse para empezar su día  su mente empieza a divagar acerca de lo que hará hasta que llegue la hora de dormir nuevamente… entonces recuerda que hoy es el día en que se reunirá con Eunice, su amada, su mente esta feliz al saber que vera a la persona que mas ama.

Ella lo ha cuidado estos años. El hombre termina de arreglarse y se sienta en el filo de su cama,  saca de su cartera una foto vieja que se ha ido desgastando, la mantiene entre sus dedos y empieza a evocar los días en que se encontraba con ella.

La he extrañado tanto… la amo demasiado.
Una rosa basta para decir te quiero,
una rosa basta para decir adiós.

Las lagrimas que corren por tu ausencia
nadie las detendrá.

El hombre no ha contestado las llamadas de sus familiares, especialmente de su hija. Ella esta preocupada por el hecho de no haber visto a su padre en meses.

Así que el hombre se levanta y sale a caminar. Mira al cielo y espera con ansias su reunión con aquella persona que ha amado tanto. Se para cerca de una casa, deja una nota y se va. Es para su hija. En esa nota solo se encuentran las palabras te quiero escritas en una caligrafía apretada y convulsa, pero el sabe que con esas palabras le dice a su hija que la quiere demasiado, la quiere con el amor puro y desinteresado de un padre, que le desea todas las bendiciones que necesite con toda el alma… pero necesita ver a su madre, la persona que tanto ama. El se retira abismado en sus propios pensamientos, mientras, un soplo de viento cálido hace que la nota vuele y se pierda entre las calles del pueblo.

A pocas calles de llegar a su hogar, una pequeña niña se acerca al hombre y sin motivo alguno le regala una rosa roja. El hombre la acepta y la pequeña se va. Se queda paralizado. Solo observa esa rosa que la niña le dio y al voltear para ver de nuevo a la pequeña, ella se había esfumado en el aire soporífero de la tarde.

El hombre regresa a su casa con el corazón destrozado por la melancolía  empieza a dar los toques finales a los preparativos para el viaje en el que vera a su Eunice: su corbata favorita, la que ella le regalo, cuelga del techo esperándolo…

Una rosa basta para decir te quiero,
una rosa basta para decir adiós.
Las lagrimas que corren por tu ausencia
nadie las detendrá.

En una casa alguien toca la puerta principal, una joven abre y ve a su padre, quien le regala una rosa y le pide perdón por su ausencia. La joven sonríe mientras cabizbaja observa la rosa, después alza la mirada y sus ojos se topan con la figura de una pequeña niña que le devuelve la sonrisa…

Doña Angela

El tiempo se va acabando de tanto recorrer el mar de la vida, cada minuto, cada hora, cada día pasado nos acerca más a un ineludible final, una metáfora marina acerca de la vida se viene a la mente; cruzar tantas islas, mares… el olvido.

Cada nueva mañana trae consigo una carga de esperanza, fe contra el olvido, antídoto para vivir. El sol comienza su aparición ante nuestros ojos y nos cuenta sus historias infinitas y desgastadas por el tiempo. El canto de las aves también comienza; cada opereta, cada compás que nos llena de vida y nos da energía para continuar el largo camino.

Doña Ángela se levanta con todo y sus ochenta años de vida, se da cuenta de que comienza un nuevo día, se prepara para salir con la misma rutina que ha llevado durante tanto tiempo, hace la casa, toma un breve desayuno y limpia la mesa, se envuelve en sus hilachas y queda como una linda anciana de cuento, a las 12 de la tarde esta lista y sale hacia la calle. Lleva con ella el recuerdo de la fortuna que tuvo de niña y la pobreza que tiene ahora. También lleva alrededor del brazo una pequeña canasta con paletas de dulce; lenta pero constantemente su caminar la lleva por las calles de la ciudad, el día nublado parece mezclar sus colores para que doña Ángela no sea la única persona gris que camina por la calle. Se dirige, como casi todos los días en que su frágil salud se lo permite, a su esquina. La calle en donde trabaja podría ser merecedora de su nombre. Es de ella más que nadie, ha estado en ella desde hace mucho tiempo, esperando la llamada de los ángeles que se niegan a hacerlo.
Hoy es un día ligeramente soleado, sin contradicciones en el mundo de Doña Ángela. La fila de autos ya forma una gran línea como hormigas trabajando. Va pasando auto por auto y de vez en cuando alguien le compra algo, ya sea por antojo o por la tristeza que emanan sus ojos de luna llena.


Doña Ángela es la única vendedora de paletas que lleva el servicio de venta personalizada auto por auto en la ciudad. En eso se podría considerar pionera. Ella no es una pordiosera o un mendigo, huele a limpio, a jabón perfumado, a abuela. Sus vestidos largos de holanes no llevan ninguna mancha, ni siquiera el polvo se atreve a tocarla. Hay quien cuenta que nunca renuncio a su virginidad, pero ese no es un hecho confirmando. Nadie lo sabe en realidad. Por raro que parezca todos los días acaba por vender todas las paletas, grandes y pequeñas, rojas, amarillas de piña, verdes limón y también de dulce de leche.


Cuando camina por la calle con sus pasos lentos, la soledad que carga en los hombros se nota a leguas. Cada paso se vuelve más pesado. Arrastra los pies inconscientemente, un paso y otro paso. Un paso más y pronto llegara a su pequeña morada. Ahora parte de la gran ciudad, pero en sus buenos tiempos la casa estaba muy afuera del mar de gente, de sus ruidos, olores y costumbres inhumanas. Todo cambia, menos el paso del tiempo, la soledad, la tristeza y el vender paletas.
Esta semana Doña Ángela fue casi todos los días de la semana a trabajar menos el miércoles, ya que le dolían los pies y se quedo reposando en casa, hasta que la noche cayó en la ciudad y la luna hizo su aparición por la ventana de la casa… ella es pariente de la luna, descendiente del reino de las noches, sus sueños salen por la ventana a trepar las paredes como gatos y cantar como bruja del Medievo.

Su casa no es grande, consta de dos cuartos y un pequeño baño, una recamara bastante antigua, una pequeña mesa ya apolillada y una bañera blanca con manchas de oxido y sarro en las patas. No hay ningún cuadro, ni una fotografía, la pulcritud del lugar solo puede compararse a la escases de decoraciones, no hay nada más. Ni siquiera flores, que en estos tiempos de gran soledad puede considerarse un delito de gravedad, penalizado con cadena perpetúa en la cárcel del olvido.


Y ahora es cuando nos adentramos más en la vida y recuerdos de doña Ángela, este ángel olvidado que no siempre vivió de esta manera, aunque se haga difícil de imaginar, toda persona anciana también tuvo una juventud y una historia que la lleva al ocaso de sus días. Cuando era pequeña vivía en una pequeña villa a orillas del océano. Allí tuvo una infancia feliz junto a su familia y en especial con su amor seleccionado por el destino, su pequeño compañero de juegos de nombre Ángel. El Fue un niño enigmático, plagado de misterios mágicos, asombraba a todos por su claridad de pensamiento a su corta edad, y asombraba más a Ángela por todos los secretos que le confiaba. Terminada la niñez, Ángela estudiaba en el colegio de Artes para mujeres donde asistían todas las niñas de los acaudalados del país. Allí tuvo pocas amigas. Ángel estudiaba medicina, profesión heredada de su padre y de su abuelo, tradición de generación de generación, que no tenía fin.

De regreso a su villa, los dos descansaban y se veían en días intermitentes. Desde el balcón de Ángela se escuchaban los sonidos de los barcos que partían hacia todos los continentes, también se podía observar el gran faro que iluminaba circularmente su pequeña villa. Vuelta tras vuelta la luz que emitía cansaba la vista de Ángela y esta caía hechizada en la cama para comenzar a soñar. Ella soñaba en grandes campos de flores, amarillas, rojas y blancas, ese era su sueño favorito. Caminaba entre los campos interminables, tomando con las manos algunas flores multicolores…

Hoy es martes. Un día especial para Doña Ángela. Se levanta temprano y desayuna pan tostado con mermelada de fresa. Se coloca unas gotas de agua de colonia y se dirige a la Iglesia de Nuestra Señora de la Esperanza. Allí reza un par de suplicas y descansa su alma un momento. Después se dirige a la esquina donde vende las paletas de dulce, espera que se acaben para regresar a casa y descansar.
-Mañana será otro día para vender paletas- declara al aire Doña Ángela.

El hecho de vender paletas en la calle tiene su parte positiva; ya que los niños son los principales clientes y la sonrisa de casa uno de ellos refleja la felicidad autentica de la cual hay que alimentarse. Niños y niñas de todas las escuelas y de todos los tamaños esperan el regreso a casa para así poder disfrutar de las paletas que trae Doña Ángela.
La luna azul y el destello del sol hacen que vayan pasando los días, uno tras otro en interminable fila, en infinita cascada de tiempo, siempre vendiendo, rezando, durmiendo; soñando en aquellas embarcaciones que venían de China, de España, de Argentina, soñando en el reflejo del sol en el agua salada del mar, en el gran faro, en la pequeña villa. Tantos recuerdos, tantas lagrimas derramadas en el olvido.
Mañana será martes, el día de Ángel, el día de su desaparición de este mundo, el día en el que hace tantos años inicio la tarea de encontrarlo, recuerda todos los esfuerzos y desventuras de esa fallida empresa en la cual Ángela gasto toda su fortuna heredada para poder encontrarlo, centavo tras centavo pagaba a aventureros de todo el mundo, a psíquicos, investigadores, viajeros, a todo aquel ente que le diera algo de información al respecto. No faltaron lo aprovechados mentirosos, pero Ángela nunca perdió la esperanza. Y aun hoy sigue en esa larga espera.

Ella recuerda el gran martes de Ángel. Estaban los dos a la orilla del puerto, sentados en la pequeña banca de hierro forjado, pasaban las horas viendo pasar a los barcos, se abrazaban y sonreían para ellos mismos, así paso el tiempo hasta que la luna se vislumbro en el cielo, una luna curiosa, completamente roja, augurando algo negativo; en un momento de juego los dos cerraron los ojos, y ella comenzó a ver esos campos de flores infinitos, donde se encuentran los sueños mas etéreos, y al abrir los ojos descubrió que el ya no estaba allí, se había ido para siempre. Todos en el pueblo lo buscaron y jamás hallaron algo, por lo que se supuso que había muerto en el mar. Los padres de Ángel antes de morir le hicieron prometer a ella que encontraría a su hijo, a su amor, que lo encontraría para así poder cumplir con su destino previsto… promesa que nunca se cumplió. Ahora ya es tarde para eso, es tiempo de ir a observar las sonrisas de los niños, las cuales son el elixir de la vida, alejan a los malos espíritus, es la cura de la soledad y disminuye la depresión existencialista.

Doña Ángela se levanta por la mañana y al poco tiempo se dirige hacia la esquina de siempre, invocando a la rutina monótona, comienza a vender sus paletas de todos colores. Los niños hacen su aparición en el teatro de la vida. Uno tras otro disfrutan la golosina encantada. El tiempo camina a gatas, lento y aburrido. El calor hace que la ropa se pegue a la piel, simulando las velas de un velero en alta mar. Cansada se sienta un instante en la acera y cierra los ojos desgastados para evitar que el polvo entre en ellos. Observa una silueta detrás de ella. Se levanta y trata de mirar a la sombra.
-¿Disculpe señora, es usted Ángela Márquez?
Ella si decir ninguna palabra le muestra la pequeña canasta repleta de paletas que siempre carga en manos esperando a que el cliente escogiera alguna.
-¿No me reconoces? -Soy Ángel
Ángela lo observo y no pudo pronunciar sonido alguno. El recién aparecido se acerco a ella y la abrazo. Ella temblando dejo caer la canasta de paletas multicolores.
El tiempo detiene la imagen que queda congelada, ahora Doña Ángela se ha ido a aquel campo de flores infinitas que siempre soñaba, se ha ido sabiendo que ha cumplido su promesa.
Momentos más tarde ruidos de sirenas y de voces de asombro y angustia empiezan a llenar el aire de la pequeña esquina de Doña Ángela…

 

Gracia Divina I

Un pueblo perdido entre llanuras inmensas y temperaturas abrazadoras es el pequeño hogar de una historia por demás extraña e inverosímil.

En una tarde calurosa, un hombre con vestimenta de manta, sencillo y practico como se acostumbra en esos lugares, se divisa en el paisaje borroso que ilumina el sol. El hombre andaba difícilmente sobre la tierra, carga en su mano con una cubeta de acero que le laceraba las manos, el sudor brota de su frente y utiliza el dorso de su mano para enjugarlo, mira al sol y escupe una maldición referente al endiablado calor que se deja sentir por todo el poblado, sigue su camino y llega al pequeño pozo que se encuentra atrás de su casa, sumerge la cubeta en el pozo frente a él y extrae un poco de agua fresca, toma un sorbo y carga con el resto apresuradamente para evitar estar más tiempo fuera de su pequeña casa de adobe y techos de paja.

-Viejo, huele a muerto otra vez -dijo su mujer.

José hizo caso omiso del comentario. El olor a muerto en esos parajes abundaba durante las tardes de sol desde hacia tantos años…

… -tantos años, Remedios ¿y aun no te puedes acostumbrar?

José se sentó en su vieja silla de respaldo de palma y sumergió las manos en la cubeta con agua para lavarse la cara, dejo que el exceso de esta le corriera por el pecho para refrescarse un poco.

-Hoy note un poco extraño al Padre Lara, bueno más bien era algo extraño en el… No es por molestar pero el olía de la misma manera que este olor, como a perro muerto, algo así- dijo remedios.

-Mmm –mascullo José mientras mantenía los ojos entrecerrados y dejaba que el agua se evaporara de su pecho.

-Se que es un hombre de respeto, pero a veces creo que está metido en otros asuntos extraños, mas allá de los que tiene en su capilla.

-Deja de decir tonterías mujer- dijo José relajado en su silla.

Su mujer callo. Eran difamaciones.

El sacerdote Lara, o Don lalo como le decían sus conocidos, había sido Padre de la Iglesia del Llano Seco por muchos años y jamás se le había encontrado un actuar deshonroso o extraño, excepto su afición por los gallos de pelea, simplemente era un mensajero de dios sin nada que esconder, como todos…
(como cualquier otro que tenga fe en diosito)

Remedios termino de lavar los platos y salió un momento a la calle que hacía de patio y lavadero algunas veces.

El sol se había escondido tras unos cúmulos de nubes y habían creado una sombra, no fresca, pero si tranquilizante.

Ella dirigió su mirada un instante al cerro, del otro lado de la calle/carretera que llevaba a la iglesia, y vislumbro a alguien que caminaba (como borracho o medio muerto) con pesadez, lentamente. Remedios cruzo la calle y empezó a escalar el cerro.

-Carajo malditas chanclas- musito mientras subía.

Llego a la cima y ya no encontró a la persona que había visto.

Giraba la cabeza en todas direcciones buscándolo pero no vio nada ni nadie, todos se resguardaban del sol bajo sus techos. En ese lugar el olor a muerto era más intenso, pútrido y enfermizo. (Como mijito).

Remedios recordó algo cruel para sí. Tras la inundación de 1945 (como los pobladores le llamaban, su pequeño juicio final) su hijo Pedro de tan solo 10 años, se perdió y ella misma lo encontró 3 meses después en el desierto, eviscerado, carcomido especialmente en los intestinos, labios y ojos; había moscas y gusanos por todos lados y su hijo presentaba un tono verde cian que la paralizo en ese momento, se dio cuenta de que era su hijo por el pequeño escapulario de cuero que ella le había regalado en un cumpleaños anterior, cuando por fin reacciono, lo que hizo fue vomitar mientras lloraba amargamente. Ahora recordaba mientras derramaba una lagrima lacónica por su hijo.

Regreso a su casa corriendo y a medio camino encontró a su esposo esperándola.

-¿Dónde estabas?- dijo enfadado mientras la sujetaba de los brazos.

(huele como a mijo)

-Huele a muerto, José…

-¿Dónde estabas y… estabas llorando?

Remedios se desembarazo de los brazos de José y siguió corriendo hasta su casa, donde continuo llorando recostada en la cama y sosteniendo una almohada, mientras seguía percibiendo ese mal olor. 

José mientras tanto se quedo preguntándose que le habría pasado a su esposa, así que motivado por la curiosidad y siguiendo el olor empezó a subir el cerro tratando de imaginar que pudo haber visto su mujer del otro lado del mismo. 

Del otro lado no había nada, ni pájaros ni perros ni lagartijas que se perdieran en la tierra, solo era una inmensa costra de tierra calcinada por el sol, un llano cuya extensión llegaba hasta donde a uno se le acababa la vista.

(carajo que olor)

José siguió caminando en línea recta sin saber que podía encontrar, avanzo unos cuantos metros y descubrió un hueco en el suelo, mientras se acercaba el olor se hacía más penetrante, antes de llegar al borde del hueco piso algo, había sido suave pero quebradizo, no podía haber sido una piedra.

José bajo la mirada y solo vio un montículo de tierra mal apisonada, la removió con la suela de su huarache y encontró algunos huesos que asomaban dentro de carne descompuesta, se asomo al agujero, un cuerpo en descomposición dentro del hueco (mirándole con su único ojo) reclamaba con la mirada su mano aplastada. 

-Aljate dd qui

(¡¿que?!)
-Nodbist pisr… nodbste verme- el ser putrefacto estiro su mano derecha para llevarse a Jose…

En la inundación de Junio del año 1945, muchos se ahogaron, otros se perdieron y otros murieron consumidos por las llamas en lo que a continuación seria el incendio de una población mas terrible provocada por chimeneas fuera de control, por familias que querían mantener el calor dentro de sus casas durante y después de la lluvia.
Los cuerpos fueron llevados a la Iglesia del Llano Seco para su resguardo, algunos fueron reclamados, otras eran familias enteras que nadie reclamaría. Pronto el padre salió del pueblo a la capital para pedir ayuda al gobierno para que los cuerpos fueran enterrados dignamente y para pedir apoyo en la reconstrucción del pueblo. Pero cuando regreso no había ningún cadáver. Nadie del pueblo sabía o supo que había pasado con ellos.

Una semana después del regreso de la capital, Don Lalo recibió en la sacristía a Benigno, el más viejo de los muertos, quien le pido al padre anonimato de lo ocurrido con ellos (los cadáveres), y ayuda.

Así pasaron por lo menos diez años de silencio, pero alguien haría un alboroto por todos ellos.

El Padre Lara, mientras descansaba escucho pasos desesperados entrando a la iglesia. Salió de la sacristía con curiosidad y se encontró con Remedios.

-¿Que pasa? ¿Por qué tanta prisa?

Remedios beso la mano que El sacerdote le extendía

-Padre…, José… -dijo Remedios alterada - José, no ha regresado a casa. Hace dos días… olía a muerto… y…y.

-Más despacio hija, con calma.

-Salió y no regreso, lo busque pero olía mas a muerto y las fuerzas me fallaron, me enferme y cuando por fin subir a buscarlo no lo halle por ningún lado…

-Remedios, por favor, ahora estoy ocupado- dijo el padre mientras un leve temblor le recorría el cuerpo

-Pero, Padre…

-¡Remedios!… –Don Lalo gritó y después mientras intentaba tranquilizarse, dijo- vete por favor, tengo cosas que hacer.

(Porque ahora)

Remedios regreso a su casa sintiéndose mas sola.

Mientras ella caminaba, el padre Lara la observaba por una ventana escondido detrás de las cortinas, cuando perdió de vista a Remedios, se apresuro a cambiarse el habito mojado por el sudor y se vistió con la ropa que utilizaba para los viajes al mercado; salió de la iglesia caminando presurosamente hacia el cerro, bordeando el camino para evitar que alguien le viera. 

Después de unos buenos treinta minutos de caminata llego al hueco.

-Podroe- dijo una voz en la oscuridad, se escuchaba como si tuviera algún bocado sin masticar en la boca que le impidiera hablar correctamente (tan correctamente como pudiera hablar uno de ellos)- Rcuerdd, ostednos promtioque nodie sbriad nosotros.

-Todo fue un error…-dijo el padre mientras dirigía la mirada hacia el cielo buscando en su memoria los recuerdos de la promesa que le hizo al viejo Benigno al momento de aceptar ayudarlos

(fue la tonta esa de Remedios).

Durante un momento solo hubo silencio, mas fue interrumpido por unos leves sonidos de mordidas y desgarros…

-Sal de ahí, ven hacia a la luz- continuo el padre.

-Nopodre -quiso decir no, padre.

-Están demasiado cerca del pueblo, no pueden continuar aquí.

-Continoremos qui sio silo queremos.

-Pero ellos se entera…

-Quesnteren! -interrumpio el muerto- No hay morchatros, Podre, no la hay.

El muerto salió de la oscuridad. El Padre pensó que se detendría a unos pasos, pero este continuo caminando. Eso no le asusto al Padre Lara, ya tenía “experiencia” para tratarlos si se ponían altaneros, pero una mueca de horror desfiguro su cara al momento de fijar su mirada en la boca del ente… estaba llena de sangre… sangre fresca.
(se han comido a Jose) 

-Detente, Benigno.

El muerto reacciono y se detuvo. El Padre Lara se tranquilizo, pero inmediatamente observo que docenas de ojos (algunos en pares aun) salieron de la oscuridad. El sacerdote no sabía que hacer, siempre había interactuado con ellos a través de uno de sus representantes, nunca había visto a todos juntos, y mucho menos había visto que todos intentaran salir. Instintivamente dio media vuelta para correr, pero lo hizo demasiado tarde, Benigno, el muerto, se había abalanzado hacia él, siguiéndole todos los demás muertos de la oscuridad, arrancando pedazos de carne, cuero cabelludo, órganos como si toda su vida de muertos lo hubieran hecho con tanta habilidad y fuerza.
-Que dios se apiade de…- fue lo último que dijo el sacerdote mientras aun sentía como lo devoraban y mutilaban.

El Tiempo detenido I

Recuerdo una conversación que tuve hace tiempo con un amigo, hablábamos acerca de los súper héroes y debatíamos sobre que super poder era el mejor, yo siempre consideraba sin atisbo de duda que el mejor super poder era detener el tiempo!, que cosas no podrías hacer si pudieras detenerlo a voluntad! Se te olvido hacer la tarea? Fácil, detienes el tiempo y la acabas en un instante, o mejor aun, se la copias a uno de tus compañeros ñoños (sonrisa malvada) estas jugando con tus amigos y se te hizo tarde para llegar a cenar? Fácil, detienes el tiempo y tranquilamente caminas a tu casa y tu mama se sorprende de que hayas llegado tan temprano.

 Si, siempre he pensado que ese seria el mejor poder que podrías tener, incluso ahora que soy un adulto funcional y respetable en la sociedad…

 Hoy, por alguna razón, aparentemente el tiempo se ha detenido, no detenido detenido como sugiere la palabra, sino que el tiempo ha disminuido su marcha de manera drástica, sigo tratando de buscar una explicación lógica para este fenómeno pero aun no se me ocurre nada plausible; como me di cuenta de esto? Desperté y como de costumbre baje a mi cocina para tomar un poco de agua, me di cuenta que el grifo del lavabo de la cocina estaba semi abierto así que lo cerré, tome la jarra de agua y me serví un poco en un vaso, lo lleve al lavabo para lavarlo, note ahí un extraño fenómeno, el agua aparentemente seguía saliendo del grifo, comprobé que si lo había cerrado pero el diminuto chorro de agua seguía ahí, lo mire mas detenidamente y note las pequeñas gotas de las que se componía, y como ninguna de ellas parecía moverse realmente, solo estaban ahí flotando detenidas por algo misterioso, pase mi mano por la pequeña columna de agua y mire como el agua se adhería a mi mano y como el agua se movía conmigo, fue extraño, la tome entre mis manos y empezó a moldearla, le di una forma esférica y el agua se quedo ahí, flotando en el vacio de mi lavabo. Tomé mi abrigo y salí a la calle, la vista me impresiono, los arboles de enfrente estaban suspendidos en una danza irreal, sus ramas y hojas todas apuntando en la dirección de un inexistente viento, sus hojas caídas estaban flotando en medio de la calle, ahí fue cuando note que el tiempo seguía avanzando, casi imperceptiblemente pero seguía su curso, ya que las hojas aparentemente inmóviles descendían parsimoniosamente y seguían el errático curso en el que aquel viento que las había hecho caer las había puesto al momento de la detención del tiempo. Di una mirada rápida a todo lo que había a mi alrededor y regrese a mis habitaciones para tomar un buen desayuno y vestirme apropiadamente para salir a la calle.

Recuerdo todo eso como si hubiera sido ayer; mirenme aun sin tiempo tengo una forma de medirlo hahaha… o por lo menos de tener una manera de seguir con  mi rutina de medir todo según las unidades de tiempo convencionales, raro no, aun cuando ya no las necesitas se encuentran ahí: horas, minutos y segundos se suman de manera inadvertida, supongo que es lo que tenemos que hacer para no volvernos locos con una nueva rutina a la cual no estamos acostumbrados.

Buenas Noches

El pequeño brillo opalescente de una brasa iluminaba su rostro a medias. Se levanto del sofá y camino hacia la cama. Se sentó en la orilla, sobre las sabanas húmedas y revueltas. Giro su cabeza hasta que su mirada encontró la de ella.
— ¿En qué piensas? —pregunto ella, contrayendo su cuerpo desnudo sobre la almohada.
—En nada en realidad —contesto. — ¿Que quieres hacer ahora? —pregunto a su vez.
—Quedarme aquí todo el día, allá afuera no hay nada para nosotros, por lo menos no por ahora. 

Se recostó junto a ella, aplasto el cigarrillo sobre el buro y la beso. 
Después de aquel día nada sería igual. Una larga historia se arrastraba tras ellos para venir a morir en este momento; el momento en que lograron invocar sus respectivas maldiciones. 

El perfume de los tulipanes subía desde el pequeño jardín al pie de la ventana, entrelazándose con los rayos de una gigantesca luna. El buscaba las palabras correctas que no violaran grotescamente la perfección del momento. No las encontró.

—No hay nada para nosotros mejor que esto. —repitió ella sin notar el sacrilegio que había cometido. —Mañana, y los mañanas que le seguirán tal vez, pero ahora, en este momento, podría morir feliz.

— ¿Por qué dices eso? —pregunto sobresaltado.

—No lo sé, es solo una expresión. —dijo ella estirando los brazos. 

Se levanto y camino hacia la ventana. Miro hacia el exterior enfocando los ojos hasta que las escasas estrellas que se veían en el cielo se volvieron borrosas y aun más titilantes. —Tienes razón. —dijo ausentemente.

— ¿A qué te refieres? —pregunto ella.

—A que en verdad es un momento perfecto para morir. Hoy es el día por el que casi caímos tantas veces. Hoy por fin logramos burlar todo lo que algún día pregonaba nuestra ruina, y supongo que es justo que el fin tenga su parte.

—No te entiendo. —dijo extrañada.

—Es sencillo; si esto fuera una historia de doncellas y batallas, aquí iría el punto final, precedido de un “Y vivieron felices para siempre”, pero no es así. No es correcto, se supone que uno no debe alcanzar este momento; uno debe entregar su vida al camino, no al destino. Uno solo debería poder vislumbrar la cima a ratos, pero jamás, nunca alcanzarla, porque del otro lado no hay más que una cuesta abajo. Y ahí solo existen dos caminos; descender lenta y deprimentemente o arrojarse con un alarido.
—No es verdad. —dijo ella. —Tenemos muchos días como este por delante, todos los que queramos.

—Tal vez así nos parezca al principio, pero no será así. Seguiremos buscando igualar este momento, pero es imposible ¿Como alcanzar lo que ya se ha dejado atrás? —dijo cansinamente. Su mirada se había perdido dentro de sí mismo, contemplando absorto sus demonios internos. —Después de ahora viviremos persiguiendo replicas terrenas de esta sensación y solo encontraremos substitutos que se irán degradando cada vez mas hasta que un día nos demos cuenta de que vivimos en una imitación de lo que en realidad buscábamos. Ni tu ni yo lo diremos, pero lo sabremos y lo que es peor; empezaremos a conformarnos con ello, tratando de convencernos de que así deben ser las cosas, de que a eso estábamos destinados.


— ¿Que no eres feliz? —pregunto ella con un rastro de dolo y alarma. — ¿Que no es esto lo que esperabas?

—Claro que lo es. —respondió absorto aun. —De hecho es más de lo que creí que seria, tanto que ni siquiera estoy seguro de lo que digo. Pero algo me dice que así será. He pasado tanto tiempo imaginando este momento que ya he perdido toda conexión con la realidad. Solo intento decir que será difícil aceptar que alcanzamos el horizonte de eventos de nuestra vida y que lo que sigue será algo totalmente diferente.
—No te entiendo, en verdad. —dijo ella. —Yo no puedo pedir más. Por fin estamos aquí, los dos, juntos, y tú hablas sobre cosas que no tienen que ver con nuestra realidad.
—A eso me refiero —dijo de nuevo el, volteando a mirarla. —Perdóname por parecer extraño y decir tonterías. —agrego cambiando su semblante. —No me hagas caso, es solo que es un poco abrumador verte aquí, conmigo, por fin.

—Vamos. —dijo ella. —Ven aquí y déjame golpear esa dura cabeza tuya. —dijo mientras levantaba las sabanas alegremente.

—Está bien, está bien. Pero esta cabeza es muy dura, no quiero te lastimes. —respondió el dirigiéndose hacia la cama.

Hicieron el amor suavemente, sin la violencia que les exigían las primeras veces. 
Después de aquello, mientras ella dormía sumergida en una densa paz divina, el miraba de nuevo por la ventana. Parecía mirar hacia el exterior, pero un examen más detallado revelaba que en realidad veía más allá. Y decidía…

Encendió otro cigarrillo y aspiro lentamente. Miro hacia el lecho en donde ella soñaba con la promesa de un final feliz. Sonrió y se acerco de nuevo lentamente y sin apenas tocarla, la beso en la mejilla. Luego se dirigió al baño. La luz de la luna ahora entraba violentamente por una alta ventana iluminando su rostro. Un frio cortante se adueñaba de la pequeña habitación. Dio un par de bocanadas mientras se miraba en el espejo del lavamanos. Miro de nuevo hacia la habitación. Ella seguía durmiendo, ajena a todo. Una sonrisa lleno de nuevo su rostro, una sonrisa que resumía la plenitud de lo que estaba sintiendo.

Abrió un cajón del lavamanos y busco entre las toallas. Encontró lo que buscaba. Se miro de nuevo en el espejo con el cigarrillo en la boca. Se acerco y exhalo cerca de él. Una mancha ovalada ocupo el lugar donde estaba su rostro. Se alejo y miro la deformada imagen que le devolvía el cristal. Con un dedo dibujo una línea curva sobre ella. Ahora la mancha le sonreía también.

Con el cigarrillo colgándole de una sonrisa, puso el arma debajo de su barbilla, dio una última bocanada y jalo el gatillo.

La noche exploto en mil pedazos…

Lo pienso y me entra el apuro, tengo la angustiante sensación de que la vida se me está escapando, como si mis venas se hubieran abierto y yo no pudiera detener mi sangre

—Mario Benedetti

(Source: ivyrossie, via damasdelalbedrio)

El cigarro ya no sabe igual

Mientras la luz de la luna se colaba por la ventana desnuda de su habitación, el permanecía inerte en su cama, una botella de licor vacía hacia de su almohada; mientras en su cabeza solo había un pensamiento, una frase, solo una frase cortante. “Tienes demasiados problemas y estas muy hundido”… mientras con todas sus fuerzas intentaba no recordar las cosas que le herían pero no podía detener sus recuerdos; se revolvió en la cama y una voz apesumbrada broto de sus labios y se quedo colgando en el aire inerte de su habitación. – Se que todo está mal y ella solo tenía que mandarme al carajo, eso lo sé… la amo demasiado. El ruido del teléfono corto de golpe sus pensamientos; aletargado, se levanto de la cama y atendió el aparato.

-Bueno- dijo el

-Hola-pausa – ¿como estas? Era ella al otro lado de la línea, con un rastro de angustia en su voz

-Ya lo sabes, estoy de la chingada- dijo el conteniendo sus lagrimas

Del otro lado del auricular solo se escuchaba el silencio interrumpido a ratos por una respiración agitada…-¿puedes venir a mi casa, por favor?

 -No veo para que, ya es tarde- dijo esto mientras con manos temblorosas sacaba un cigarrillo de la cajetilla que siempre mantenía cerca de el, y con movimientos calculados se lo coloco entre los labios.

-Por favor, solo ven.

Intento decir algo mas pero ella ya había colgado, desconcertado se sentó en su cama, encendió el cigarrillo, le dio una honda calada y mientras exhalaba el humo sus ojos se posaron sobre la botella de vodka, se dijo a sí mismo –carajo.

La luna le indicaba su camino mientras se dirigía a su auto, tratando de no pensar en la enigmática llamada que había recibido hace unos momentos, distraídamente jugaba con su encendedor, se detuvo a comprobar que tenía sus llaves y al confirmarlo trato de pensar en las palabras que le diría a ella cuando la viera, no las encontró y subió a su auto, lo encendió y sintonizo la radio. Durante el camino un pensamiento extraño apareció en su mente, ¿Por qué demonios las estaciones que programan canciones viejas solo ponen las mismas canciones una y otra vez?, en el momento en que pensó eso se molesto ya que se dio cuenta de que ella nunca lo recordaría por las canciones que les gustaban escuchar, las estaciones de radio nunca las ponen.

Después de treinta minutos llego al lugar en donde ella vivía, estaciono su auto, apago la radio y reviso su cajetilla de cigarrillos, todavía se mantenía dentro del bolsillo izquierdo de su pantalón; salió de su auto y se dirigió a la puerta de la casa, toco el timbre y mientras esperaba saco un cigarrillo; una sensación rara lo empezó a invadir, el sabia que nada estaba bien pero en ese momento no le importaba, la seguía amando demasiado. La puerta se abrió y ella se quedo en el dintel, le dirijo una melancólica sonrisa y comenzó a llorar. El la miro y todo lo que había planeado decirle cuando la viera se esfumo de su pensamiento, solo atino a decir un hola que a ella le arranco una risa fingida.

Los dos permanecieron en esos lugares durante la eternidad de un minuto, el sabía que algo estaba mal, tratando de controlar sus emociones rompió el silencio que se había instalado entre los dos.

-¿Qué tienes?

-Creo que no soy real- dijo ella mientras sus rojizos ojos comenzaban a lagrimear

-Si lo eres amor… perdón por eso- se dio cuenta de que sus palabras lo habían traicionado así que encendió el cigarrillo que sostenía entre sus dedos.

-No te preocupes, eras el único que me llamaba así.

-Me preocupo por qué dices que no eres real – le dijo mientras evitaba que su tristeza se mostrara en su voz; el cigarrillo se empezaba a consumir por el viento, le dio una fumada y dejo que su malestar lo inundara, no sabía qué hacer, solo sabía que verla llorar le hacía sentir mal.

-Se que tal vez no sea lo idóneo en este momento, que tal vez no te interese, pero te amo, te amo tanto como no tienes idea, me duele todo lo que paso entre nosotros, y quiero que sepas que si pudiera hacer las cosas diferentes, si pudiera cambiar quien soy en este momento con tal de que nunca te hubiera perdido, créeme que no dudaría ni un instante en hacerlo, por ti… creo que eres lo más real que conozco en este momento.

Ella se enjugo las lagrimas con la manga de su suéter, le dedico la misma sonrisa con la que lo había recibido, le dijo un críptico –nadie me puede ayudar- y del bolsillo trasero de su pantalón saco su cartera y sacando sus contenidos, le mostro las credenciales que poseía; en todas ellas su fotografía se había desvanecido, lo que quedaba en su lugar era un inquietante espacio en blanco, ella le paso todas sus credenciales y cuando el acabo de revisar cada una, ella empezó a llorar aun mas.

-Tranquila- fue lo que pudo decir, guardo las credenciales en sus bolsillos e hizo lo que creyó mas adecuado en ese momento, se acerco a ella y la rodeo con sus brazos acunando su cabeza contra su pecho hasta que la respiración de ella se hizo más tranquila.

-Podemos ir a algún otro lado, algún lado lejos de aquí –dijo ella sollozando mientras se apartaba de su abrazo.

El no pudo decir nada mas, se deshizo de los restos de su cigarrillo, espero a que ella saliera por la puerta para ofrecerle el apoyo de su brazo y juntos caminaron hacia su auto; sin hablar ella subió al asiento trasero y tomando su mano le indico que se sentara con ella, el abrió la puerta del conductor, encendió el radio y coloco un CD, sacó un cigarrillo, lo encendió y lo coloco en sus labios, salió del auto, cerró la puerta delantera y procedió a sentarse junto a ella. La música empezó a sonar.

Qué bonitos ojos tienes

Debajo de esas dos cejas

Debajo de esas dos cejas

Qué bonitos ojos tienes

Ellos me quieren mirar

Pero si tú no los dejas

Pero si tú no los dejas

Ni siquiera parpadear

Malagueña salerosa

Besar tus labios quisiera

Besar tus labios quisiera

Y decirte niña hermosa

Que eres linda y hechicera…

En ese momento la abrazó. No sabía si ella todavía lo amaba pero la abrazó fuertemente como para pedirle que nunca se fuera, su pecho se inflamo de todos los sentimientos que tenia por ella y en ese momento él se rompió y comenzó a llorar, ella lo abrazo con igual intensidad y por el lapso de una vida se mantuvieron así, juntos dentro de su propio mundo. La canción cambio y empezó a escucharse cada vez más cerca de ellos.

Bésame. Bésame mucho

Como si fuera esta noche la última vez…

Bésame, Bésame mucho…

Mientras la seguía abrazando, el observo el retrovisor y sin asombro se dio cuenta de que su cara se iba desvaneciendo poco a poco, el reflejo que le mostraba ese pequeño espejo era una imagen traslucida que se iba difuminando de manera irrevocable. Durante un breve instante pensó en mostrárselo a ella, pero opto por no decir nada, solo continuo abrazándola; decidió seguir así, sintiéndola y convenciéndose de que ella todavía lo amaba, que a pesar de sus errores y de su pasado ella todavía sentía algo por él, a pesar de que ninguno de los dos era real… Para ese momento el cigarro ya no le sabía igual.