Un pueblo perdido entre llanuras inmensas y temperaturas abrazadoras es el pequeño hogar de una historia por demás extraña e inverosímil.
En una tarde calurosa, un hombre con vestimenta de manta, sencillo y practico como se acostumbra en esos lugares, se divisa en el paisaje borroso que ilumina el sol. El hombre andaba difícilmente sobre la tierra, carga en su mano con una cubeta de acero que le laceraba las manos, el sudor brota de su frente y utiliza el dorso de su mano para enjugarlo, mira al sol y escupe una maldición referente al endiablado calor que se deja sentir por todo el poblado, sigue su camino y llega al pequeño pozo que se encuentra atrás de su casa, sumerge la cubeta en el pozo frente a él y extrae un poco de agua fresca, toma un sorbo y carga con el resto apresuradamente para evitar estar más tiempo fuera de su pequeña casa de adobe y techos de paja.
-Viejo, huele a muerto otra vez -dijo su mujer.
José hizo caso omiso del comentario. El olor a muerto en esos parajes abundaba durante las tardes de sol desde hacia tantos años…
… -tantos años, Remedios ¿y aun no te puedes acostumbrar?
José se sentó en su vieja silla de respaldo de palma y sumergió las manos en la cubeta con agua para lavarse la cara, dejo que el exceso de esta le corriera por el pecho para refrescarse un poco.
-Hoy note un poco extraño al Padre Lara, bueno más bien era algo extraño en el… No es por molestar pero el olía de la misma manera que este olor, como a perro muerto, algo así- dijo remedios.
-Mmm –mascullo José mientras mantenía los ojos entrecerrados y dejaba que el agua se evaporara de su pecho.
-Se que es un hombre de respeto, pero a veces creo que está metido en otros asuntos extraños, mas allá de los que tiene en su capilla.
-Deja de decir tonterías mujer- dijo José relajado en su silla.
Su mujer callo. Eran difamaciones.
El sacerdote Lara, o Don lalo como le decían sus conocidos, había sido Padre de la Iglesia del Llano Seco por muchos años y jamás se le había encontrado un actuar deshonroso o extraño, excepto su afición por los gallos de pelea, simplemente era un mensajero de dios sin nada que esconder, como todos…
(como cualquier otro que tenga fe en diosito)
Remedios termino de lavar los platos y salió un momento a la calle que hacía de patio y lavadero algunas veces.
El sol se había escondido tras unos cúmulos de nubes y habían creado una sombra, no fresca, pero si tranquilizante.
Ella dirigió su mirada un instante al cerro, del otro lado de la calle/carretera que llevaba a la iglesia, y vislumbro a alguien que caminaba (como borracho o medio muerto) con pesadez, lentamente. Remedios cruzo la calle y empezó a escalar el cerro.
-Carajo malditas chanclas- musito mientras subía.
Llego a la cima y ya no encontró a la persona que había visto.
Giraba la cabeza en todas direcciones buscándolo pero no vio nada ni nadie, todos se resguardaban del sol bajo sus techos. En ese lugar el olor a muerto era más intenso, pútrido y enfermizo. (Como mijito).
Remedios recordó algo cruel para sí. Tras la inundación de 1945 (como los pobladores le llamaban, su pequeño juicio final) su hijo Pedro de tan solo 10 años, se perdió y ella misma lo encontró 3 meses después en el desierto, eviscerado, carcomido especialmente en los intestinos, labios y ojos; había moscas y gusanos por todos lados y su hijo presentaba un tono verde cian que la paralizo en ese momento, se dio cuenta de que era su hijo por el pequeño escapulario de cuero que ella le había regalado en un cumpleaños anterior, cuando por fin reacciono, lo que hizo fue vomitar mientras lloraba amargamente. Ahora recordaba mientras derramaba una lagrima lacónica por su hijo.
Regreso a su casa corriendo y a medio camino encontró a su esposo esperándola.
-¿Dónde estabas?- dijo enfadado mientras la sujetaba de los brazos.
(huele como a mijo)
-Huele a muerto, José…
-¿Dónde estabas y… estabas llorando?
Remedios se desembarazo de los brazos de José y siguió corriendo hasta su casa, donde continuo llorando recostada en la cama y sosteniendo una almohada, mientras seguía percibiendo ese mal olor.
José mientras tanto se quedo preguntándose que le habría pasado a su esposa, así que motivado por la curiosidad y siguiendo el olor empezó a subir el cerro tratando de imaginar que pudo haber visto su mujer del otro lado del mismo.
Del otro lado no había nada, ni pájaros ni perros ni lagartijas que se perdieran en la tierra, solo era una inmensa costra de tierra calcinada por el sol, un llano cuya extensión llegaba hasta donde a uno se le acababa la vista.
(carajo que olor)
José siguió caminando en línea recta sin saber que podía encontrar, avanzo unos cuantos metros y descubrió un hueco en el suelo, mientras se acercaba el olor se hacía más penetrante, antes de llegar al borde del hueco piso algo, había sido suave pero quebradizo, no podía haber sido una piedra.
José bajo la mirada y solo vio un montículo de tierra mal apisonada, la removió con la suela de su huarache y encontró algunos huesos que asomaban dentro de carne descompuesta, se asomo al agujero, un cuerpo en descomposición dentro del hueco (mirándole con su único ojo) reclamaba con la mirada su mano aplastada.
-Aljate dd qui
(¡¿que?!)
-Nodbist pisr… nodbste verme- el ser putrefacto estiro su mano derecha para llevarse a Jose…
En la inundación de Junio del año 1945, muchos se ahogaron, otros se perdieron y otros murieron consumidos por las llamas en lo que a continuación seria el incendio de una población mas terrible provocada por chimeneas fuera de control, por familias que querían mantener el calor dentro de sus casas durante y después de la lluvia.
Los cuerpos fueron llevados a la Iglesia del Llano Seco para su resguardo, algunos fueron reclamados, otras eran familias enteras que nadie reclamaría. Pronto el padre salió del pueblo a la capital para pedir ayuda al gobierno para que los cuerpos fueran enterrados dignamente y para pedir apoyo en la reconstrucción del pueblo. Pero cuando regreso no había ningún cadáver. Nadie del pueblo sabía o supo que había pasado con ellos.
Una semana después del regreso de la capital, Don Lalo recibió en la sacristía a Benigno, el más viejo de los muertos, quien le pido al padre anonimato de lo ocurrido con ellos (los cadáveres), y ayuda.
Así pasaron por lo menos diez años de silencio, pero alguien haría un alboroto por todos ellos.
El Padre Lara, mientras descansaba escucho pasos desesperados entrando a la iglesia. Salió de la sacristía con curiosidad y se encontró con Remedios.
-¿Que pasa? ¿Por qué tanta prisa?
Remedios beso la mano que El sacerdote le extendía
-Padre…, José… -dijo Remedios alterada - José, no ha regresado a casa. Hace dos días… olía a muerto… y…y.
-Más despacio hija, con calma.
-Salió y no regreso, lo busque pero olía mas a muerto y las fuerzas me fallaron, me enferme y cuando por fin subir a buscarlo no lo halle por ningún lado…
-Remedios, por favor, ahora estoy ocupado- dijo el padre mientras un leve temblor le recorría el cuerpo
-Pero, Padre…
-¡Remedios!… –Don Lalo gritó y después mientras intentaba tranquilizarse, dijo- vete por favor, tengo cosas que hacer.
(Porque ahora)
Remedios regreso a su casa sintiéndose mas sola.
Mientras ella caminaba, el padre Lara la observaba por una ventana escondido detrás de las cortinas, cuando perdió de vista a Remedios, se apresuro a cambiarse el habito mojado por el sudor y se vistió con la ropa que utilizaba para los viajes al mercado; salió de la iglesia caminando presurosamente hacia el cerro, bordeando el camino para evitar que alguien le viera.
Después de unos buenos treinta minutos de caminata llego al hueco.
-Podroe- dijo una voz en la oscuridad, se escuchaba como si tuviera algún bocado sin masticar en la boca que le impidiera hablar correctamente (tan correctamente como pudiera hablar uno de ellos)- Rcuerdd, ostednos promtioque nodie sbriad nosotros.
-Todo fue un error…-dijo el padre mientras dirigía la mirada hacia el cielo buscando en su memoria los recuerdos de la promesa que le hizo al viejo Benigno al momento de aceptar ayudarlos
(fue la tonta esa de Remedios).
Durante un momento solo hubo silencio, mas fue interrumpido por unos leves sonidos de mordidas y desgarros…
-Sal de ahí, ven hacia a la luz- continuo el padre.
-Nopodre -quiso decir no, padre.
-Están demasiado cerca del pueblo, no pueden continuar aquí.
-Continoremos qui sio silo queremos.
-Pero ellos se entera…
-Quesnteren! -interrumpio el muerto- No hay morchatros, Podre, no la hay.
El muerto salió de la oscuridad. El Padre pensó que se detendría a unos pasos, pero este continuo caminando. Eso no le asusto al Padre Lara, ya tenía “experiencia” para tratarlos si se ponían altaneros, pero una mueca de horror desfiguro su cara al momento de fijar su mirada en la boca del ente… estaba llena de sangre… sangre fresca.
(se han comido a Jose)
-Detente, Benigno.
El muerto reacciono y se detuvo. El Padre Lara se tranquilizo, pero inmediatamente observo que docenas de ojos (algunos en pares aun) salieron de la oscuridad. El sacerdote no sabía que hacer, siempre había interactuado con ellos a través de uno de sus representantes, nunca había visto a todos juntos, y mucho menos había visto que todos intentaran salir. Instintivamente dio media vuelta para correr, pero lo hizo demasiado tarde, Benigno, el muerto, se había abalanzado hacia él, siguiéndole todos los demás muertos de la oscuridad, arrancando pedazos de carne, cuero cabelludo, órganos como si toda su vida de muertos lo hubieran hecho con tanta habilidad y fuerza.
-Que dios se apiade de…- fue lo último que dijo el sacerdote mientras aun sentía como lo devoraban y mutilaban.